Saquen sus propias conclusiones...
Bajo
las escaleras. Estoy de viaje, pero es un destino intermedio. Hace frío. Creo
que estoy descendiendo a los andenes de la estación de Sol, en Madrid. Pienso
en las manifestaciones y protestas que habían tenido lugar allí. Hay mucha
gente, todo el mundo se mueve rápidamente, pero a la vez el ambiente es oscuro,
tenebroso y yo no sé el motivo. Tal vez sea invierno, lo desconozco.
A mi
derecha dejo un quiosco, a mi izquierda hay unas escaleras de piedra por las
cuales continuo mi bajada. Giro por un pasillo majestuoso hacia la izquierda y
me encuentro de bruces con un control parecido a los de seguridad, que impide
mi paso. Los viajeros acceden sin problemas; yo no. Pregunto qué tipo de bonos
tienen. Insisto en que no quiero un billete univiaje, sino un bono, como mínimo
de un día. Me dicen que vuelva atrás, que la máquina expendedora me la he
dejado atrás. No recibo más explicaciones.
Inmediatamente, llegó a la
conclusión de que el quiosco que dejé arriba, antes de girar por el pasillo
donde me encontraba era donde se vendían los bonos. Subí. En el camino me
encontré a gente en un cine al lado de unas vías de tren. Efectivamente, al
llegar me di cuenta. Compré un bono, pero no recuerdo cual. Creo que debió ser
de más de un día, porque la acción parece larga, pero no estoy nada seguro de
esto. Vuelvo a bajar. Está vez debí entrar por otro sitio, porque la caseta
metálica del control de pases ya no estaba. Accedí sin mayores problemas y sin
volver a acordarme del bono.
Cuando llegué a mi destino, abajo no había un
suburbano, sino un hospital, pero yo sólo entré hasta donde me interesaba. Vi a
mi abuelo. Estaba tumbado en una camilla, aparentemente en buen estado.
Llegaron estudiantes de Medicina de mi edad y médicos mayores, que debían ser
nuestros profesores; también acudieron enfermeros y, por último, algunos
familiares míos. Yo estaba vestido como un cirujano, pero no hacía nada, me
limitaba a mirar y vigilar. Mis compañeros comenzaron a ponerse máscaras y
taparon a mi abuelo con una bolsa de plástico de conservación de cadáveres a
los pocos minutos, llevándolo a un rincón, en lo que parecía ser el reformado
hueco de una antigua chimenea. Sin embargo, mi abuelo seguía respirando. Yo
pensé en quitarle el plástico, pues deduje que no le dejaba respirar, pero no
lo hice; supuse que los que se lo había puesto, sabían de estos asuntos mucho
más que yo y no quise quedar en ridículo explicando mi teoría acerca del
plástico.
Al poco tiempo tuve que irme. No recuerdo qué tenía que hacer, pero
creo que debía ser importante. Subí de nuevo cerca del giro de escaleras donde
se encontraba el quiosco transformado en máquina expendedora de bonos del metro
y encontré una armadura metalizada gris opaca. Justo al lado, no recuerdo
exactamente donde, encontré un libro, que parecía ser muy antiguo. Lo cogí y me
marché. Creo que volví a bajar hacía la improvisada sala de hospital. Los
médicos y enfermeros estaban fuera del recinto, que parecía ser más que nunca
una tienda de las que encontramos en las estaciones, con la persiana subida. Al
lado de un banco de piedra, había colocado una colorida pancarta. Ni siquiera
leí lo que ponía, pero creo que daba las gracias por la atención prestada o
algo similar. Me dijeron que mi abuelo había muerto. Dudé entre entrar o
quedarme fuera. Decidí hacer esto último; no podría soportar el dolor dentro.
Se escuchaban gritos y lamentos desde fuera. Me desperté.
Joanmi, lo primero felicitarte por tu blog y por este archivo especialmente. Me ha gustado mucho como te has expresado y como lo has ido contando, ya que me ha echo entrar en tu propio sueño e imaginarmelo todo. Además, me hace reflexionar sobre como en los sueños mayormente se expresa la impotencia que tenemos para reaccionar y también nuestros miedos. Felicidades de nuevo, un besito.
ResponderEliminar