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sábado, 11 de agosto de 2012

Reflexiones adicionales a la teoría onírica de Sigmund Freud


“Quizás opongan aquí algunos de mis lectores la objeción de que aun aceptando los impulsos hostiles de los niños contra sus hermanos, no es posible que el espíritu infantil alcance el grado de maldad que supone desear la muerte a sus competidores, como si no hubiera más que esta máxima pena par todo delito. Pero los que así piensan no reflexionan que el concepto de ‘estar muerto’ para el niño no tiene igual significación que para nosotros. El niño ignora por completo el horror de la putrefacción, el frio del sepulcro y el terror de la nada eterna, representaciones todas que resultan intolerables para el adulto, como lo demuestran todos los mitos del más allá. Desconoce el miedo a la muerte, de este modo juega con la terrible palabra amenazando a sus compañeros […] Haber muerto significa para el niño, al que se evita el espectáculo de los sufrimientos, de la agonía, tanto como haberse ido y no estorbar más ya a los supervivientes, sin que se establezca diferencia alguna entre las causas (viaje o muerte) a la que la ausencia pueda obedecer […]

Pero si este infantil deseo de la muerte de los hermanos queda explicado por el egoísmo del niño, que no ve en ellos sino competidores, ¿cómo explicar igual optación con respecto a los padres, que significan para él una inagotable fuente de amor y cuya conservación debiera desear, aun por motivos egoístas siendo como son los que cuidan de satisfacer sus necesidades? La solución de esta dificultad nos es proporcionada por la experiencia de que los sueños de este género se refieren casi siempre, en el hombre, al padre y, en la mujer, a la madre, esto es al inmediato ascendente de sexo igual al individuo sujeto. No constituye una regla absoluta, pero sí predomina suficientemente para impulsarnos a buscar su explicación en un factor de alcance universal. En términos generales, diríamos pues, que sucede como si desde edad muy temprana surgiese una preferencia sexual; esto es, como si el niño viese en el padre y la niña en la madre rivales de su amor, cuya desaparición no pudiese serles sino ventajosa […]

Habremos de suponer que el deseo de la muerte de los padres se deriva también de la más temprana infancia. De este modo, el inmediato ascendente del sexo igual al del hijo se convierte para este en un inoportuno rival, y ya hemos visto, cuán poco se necesita para que este sentimiento conduzca al deseo de muerte. La atracción sexual actúa también, generalmente, sobre los propios padres, haciendo que por un rasgo natural prefiera y proteja la madre a los varones, mientras que el padre dedica mayor ternura a sus hijas, conduciéndose en cambio, ambos con igual severidad en la educación de sus descendientes cuando el mágico poder del sexo no perturba su juicio. Los niños se dan perfecta cuenta de tales preferencias y se rebelan contra aquel de sus inmediatos ascendentes que los trata con mayor rigor. Para ellos, el amor de los adultos no es sólo la satisfacción de una especial necesidad, sino también una garantía de que su voluntad será respetada en otros órdenes diferentes. De este modo siguen su propio instinto sexual y renuevan al mismo tiempo con ello el estímulo que parte de los padres cuando su elección coincide con la de ellos […]

Cuando el niño es acogido durante la ausencia del padre en el lecho matrimonial y duerme al lado de su madre hasta que, al regreso de su progenitor, vuelve a la alcoba, al lado de otra persona que le gusta menos, surge en él fácilmente el deseo de que el padre se halle siempre ausente para poder conservar sin interrupción su puesto junto a su querida mamá bonita, y el medio de conseguir tal deseo es, naturalmente, que el padre muera, pues sabe por experiencia que los muertos se hallan siempre ausentes y no vuelven jamás”

                                                 La interpretación de los sueños, segunda parte, cap. VI.
                                                 Ejemplo f: “Sueño de la muerte de personas queridas”.


Nuestro amigo Freud nunca llegó a plantear el asunto de la forma que yo a continuación les voy a proponer. Pero imaginemos que, en cierto momento, el padre desaparece de la vida del niño por el motivo que fuese. Según lo explicado anteriormente, habría desaparecido su competidor nato y tendría vía libre al cumplimiento de los deseos sexuales más íntimos con su propia madre. Este efecto se vería incrementado en el caso de que la soledad de la madre y el afecto único hacia su propio hijo perduren en el tiempo. No obstante, si esto sucediera, es lógico que su progenitora adoptara un papel más dominante y represivo sobre su hijo, haciendo los papeles del desaparecido padre. En caso contrario, el niño se descontrolaría por completo, lo que no invertiría en favor de su educación. Por este motivo, este tipo de niños sufrirán un desafecto hacia la madre y, a veces, por extensión hacia el género femenino. Conlleva, por tanto, una expresión evidente de la atracción a su mismo sexo que formaría parte de su naturaleza bisexual.

Imaginemos ahora que la ausente es la madre. El niño, que tenía deseos íntimos con ella notará su ausencia en un modo exagerado y tendrá dificultades con el padre, especialmente si este hace valer su carácter represor sobre el pequeño. En este caso, no sólo añorará a su madre, sino a todo tipo de figura femenina. Tendremos un auténtico ser impulsivo desde el punto de vista heterosexual, con sus deseos bisexuales fuertemente denigrados.

Ahora expliquemos esto mismo pero tomando como modelo una chica. Con la madre ausente, tendrá vía libre para sacudir sus instintos sexuales hacia su padre, que se queda solo. Sin embargo, el padre comenzará, lógicamente una escalada de autoridad para evitar el descontrol de su hija, por lo que esta acabará sintiendo cierto odio hacia su padre y hacia todo lo masculino, desarrollando el segmento homosexual dentro del amplio espectro de la bisexualidad. De igual manera, según la lógica desarrollada hasta ahora, si a una chica le desaparece su padre, notará de tal manera su ausencia que esto se traducirá en la adolescencia en un camino de loco desenfreno y atracción desbordada hacia el sexo contrario.

Pensemos una situación ahora totalmente distinta a las cuatro variables evidentes que nos ofrecen las parejas heterosexuales. ¿Qué sucedería si un chico o chica pierde a uno de sus progenitores homosexuales? Aquí el asunto sería muy diferente, en la medida en que, en la ausencia de uno de ellos, el otro sería algo así como su sustituto natural. En este tipo de parejas la situación de deseo sexual estaría mucho más equilibrada y no causaría efectos tan evidentes. 

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