Introducción.
La represión de la sociedad en que vivimos es demasiado grande. Si los filósofos conseguimos abrirnos a la realidad y a los deseos, si llegamos al objetivo de la felicidad individual, será un logro del que nosotros no disfrutaremos: estará ahí para el gozo de los demás, pero no tendré esperanzas de que se convierta en algo universal.
Imaginemos un mundo en el que todos nos dejásemos llevar por los más profundos de nuestros deseos. ¿Cómo sería? ¿Seríamos capaces de soportarlo? Sin culturizar, ¿somos buenos o malos? Todas estas preguntas deberían tener una respuesta, pero en principio podríamos afirmar que, teniendo miles a lo largo de toda la historia de la filosofía, es maravilloso que no se haya concluido en nada cierto del todo. Este es el malestar en la cultura del que el maestro Sigmund Freud ya habló hace algunas décadas, una influencia que nos llena por dentro.
Todo es un círculo vicioso del que parece no saldremos jamás: la sociedad nos reprime y nosotros nos autocontrolamos por culpa de esta cultura maligna que nos envuelve, que se extiende por nosotros a modo de un gran tumor cancerígeno. Pero, en presencia de la libertad que nos brindaría la ausencia de esta sociedad, ¿cómo podemos nosotros decidir, conforme a nuestra propia voluntad salir de lo impuesto por la cultura, romper con todo lo social y dejarnos llevar? Parece imposible, pues se necesataria que todos los individuos decidieran ellos mismos y al mismo tiempo liberarse de la gran soga que les asfixia, de las vendas que les cubren los ojos, cegándolos, hasta matarlos vivos.
¿Vivimos en esta realidad por algún fin o simplemente es necesario estar donde estamos? ¿Sabemos dónde estamos? Puede que no sepamos nada, que estemos solos, que seamos mentes andantes (o estáticas, ¿por qué no?) en medio de una realidad hueca, sin sentido aparente, desfigurada y triste.