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lunes, 5 de agosto de 2013

Sueño de la tarde del 5 de agosto de 2013

Todo está oscuro, muy oscuro. Me levanto de algo parecido a un sofá después de ir en un trasto antiguo a alta velocidad y salgo a la calle entre las tinieblas. Es de día (¿o de noche?), pero el cielo está oscuro, de color salmón grisáceo y hay cierto brillo tenebroso. Pensé que era cómo antes de llover a altas horas de la madrugada en la Tierra, pero esto se trataba de algo diferente, estaba convencido de que era casi de día.

No veía a casi nadie por las calles, pero todo el mundo que me encontraba seguía siendo normal y nadie me miraba raro, más bien era yo el que observaba con mirada suplicante a aquellos a los que me encontraba a mi paso.

Fui decidido a una especie de estación de bicicletas y subí en una de ellas. Inmediatamente, me di cuenta de que lo que yo llamaba ‘bici’ era un poco diferente. Se podía pedalear, como en una normal, pero si cogías el manillar, podías darle una velocidad terrible. Supuse entonces que se trataba de una bicicleta eléctrica o a motor, aunque era todo muy normal. No conseguía ver el dispositivo por ningún sitio. El susto me lo llevé cuando vi que aquello se elevaba por encima de los edificios varios niveles.

Por encima del nivel 0 seguían existiendo varias ciudades más, pero el tiempo también cambiaba, la indumentaria de la gente iba variando y no estoy diciendo con ello que se tratase del típico cambio invierno-verano al que estamos acostumbrados por encima de los trópicos, sino que se trataba de cambio radical, una diferencia que pensé en ese momento que debía ser temporal.

El recorrido de la bici era extraño, en la medida que, cuando me acercaba mucho a la gente, no se alteraban, podríamos decir que desde que me subí a este transporte, me ignoraban. Tal vez fuera porque no eran capaces de verme. 

Entonces comencé a descender abruptamente. Mi cuentakilómetros marcaba una velocidad negativa. El aspecto de la gente iba cambiando, un look menos futurista (o eso creo), pero seguían sin verme o, tal vez, me ignoraran. Les podía atropellar, debía ir a altísimas velocidades, pero les daba exactamente igual este detalle.

Me di cuenta de que existían los niveles negativos, a modo de subterráneo. La gente iba vestida de formas cada vez más tradicionales.


De repente, me caí de la bicicleta, pienso que alguien me ha golpeado por detrás. No consigo llegar a ver del todo de quién se trata… ¿Quién es? Uy, luz… sangre… Luz… me he despertado… son las 17:42h del 5 de agosto. Estoy tumbado en mi cama, hace bastante calor.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Sueño de la tarde del 31 de julio de 2012

Saquen sus propias conclusiones...

Bajo las escaleras. Estoy de viaje, pero es un destino intermedio. Hace frío. Creo que estoy descendiendo a los andenes de la estación de Sol, en Madrid. Pienso en las manifestaciones y protestas que habían tenido lugar allí. Hay mucha gente, todo el mundo se mueve rápidamente, pero a la vez el ambiente es oscuro, tenebroso y yo no sé el motivo. Tal vez sea invierno, lo desconozco. 

A mi derecha dejo un quiosco, a mi izquierda hay unas escaleras de piedra por las cuales continuo mi bajada. Giro por un pasillo majestuoso hacia la izquierda y me encuentro de bruces con un control parecido a los de seguridad, que impide mi paso. Los viajeros acceden sin problemas; yo no. Pregunto qué tipo de bonos tienen. Insisto en que no quiero un billete univiaje, sino un bono, como mínimo de un día. Me dicen que vuelva atrás, que la máquina expendedora me la he dejado atrás. No recibo más explicaciones. 

Inmediatamente, llegó a la conclusión de que el quiosco que dejé arriba, antes de girar por el pasillo donde me encontraba era donde se vendían los bonos. Subí. En el camino me encontré a gente en un cine al lado de unas vías de tren. Efectivamente, al llegar me di cuenta. Compré un bono, pero no recuerdo cual. Creo que debió ser de más de un día, porque la acción parece larga, pero no estoy nada seguro de esto. Vuelvo a bajar. Está vez debí entrar por otro sitio, porque la caseta metálica del control de pases ya no estaba. Accedí sin mayores problemas y sin volver a acordarme del bono. 

Cuando llegué a mi destino, abajo no había un suburbano, sino un hospital, pero yo sólo entré hasta donde me interesaba. Vi a mi abuelo. Estaba tumbado en una camilla, aparentemente en buen estado. Llegaron estudiantes de Medicina de mi edad y médicos mayores, que debían ser nuestros profesores; también acudieron enfermeros y, por último, algunos familiares míos. Yo estaba vestido como un cirujano, pero no hacía nada, me limitaba a mirar y vigilar. Mis compañeros comenzaron a ponerse máscaras y taparon a mi abuelo con una bolsa de plástico de conservación de cadáveres a los pocos minutos, llevándolo a un rincón, en lo que parecía ser el reformado hueco de una antigua chimenea. Sin embargo, mi abuelo seguía respirando. Yo pensé en quitarle el plástico, pues deduje que no le dejaba respirar, pero no lo hice; supuse que los que se lo había puesto, sabían de estos asuntos mucho más que yo y no quise quedar en ridículo explicando mi teoría acerca del plástico. 

Al poco tiempo tuve que irme. No recuerdo qué tenía que hacer, pero creo que debía ser importante. Subí de nuevo cerca del giro de escaleras donde se encontraba el quiosco transformado en máquina expendedora de bonos del metro y encontré una armadura metalizada gris opaca. Justo al lado, no recuerdo exactamente donde, encontré un libro, que parecía ser muy antiguo. Lo cogí y me marché. Creo que volví a bajar hacía la improvisada sala de hospital. Los médicos y enfermeros estaban fuera del recinto, que parecía ser más que nunca una tienda de las que encontramos en las estaciones, con la persiana subida. Al lado de un banco de piedra, había colocado una colorida pancarta. Ni siquiera leí lo que ponía, pero creo que daba las gracias por la atención prestada o algo similar. Me dijeron que mi abuelo había muerto. Dudé entre entrar o quedarme fuera. Decidí hacer esto último; no podría soportar el dolor dentro. Se escuchaban gritos y lamentos desde fuera. Me desperté.

sábado, 11 de agosto de 2012

Reflexiones adicionales a la teoría onírica de Sigmund Freud


“Quizás opongan aquí algunos de mis lectores la objeción de que aun aceptando los impulsos hostiles de los niños contra sus hermanos, no es posible que el espíritu infantil alcance el grado de maldad que supone desear la muerte a sus competidores, como si no hubiera más que esta máxima pena par todo delito. Pero los que así piensan no reflexionan que el concepto de ‘estar muerto’ para el niño no tiene igual significación que para nosotros. El niño ignora por completo el horror de la putrefacción, el frio del sepulcro y el terror de la nada eterna, representaciones todas que resultan intolerables para el adulto, como lo demuestran todos los mitos del más allá. Desconoce el miedo a la muerte, de este modo juega con la terrible palabra amenazando a sus compañeros […] Haber muerto significa para el niño, al que se evita el espectáculo de los sufrimientos, de la agonía, tanto como haberse ido y no estorbar más ya a los supervivientes, sin que se establezca diferencia alguna entre las causas (viaje o muerte) a la que la ausencia pueda obedecer […]

Pero si este infantil deseo de la muerte de los hermanos queda explicado por el egoísmo del niño, que no ve en ellos sino competidores, ¿cómo explicar igual optación con respecto a los padres, que significan para él una inagotable fuente de amor y cuya conservación debiera desear, aun por motivos egoístas siendo como son los que cuidan de satisfacer sus necesidades? La solución de esta dificultad nos es proporcionada por la experiencia de que los sueños de este género se refieren casi siempre, en el hombre, al padre y, en la mujer, a la madre, esto es al inmediato ascendente de sexo igual al individuo sujeto. No constituye una regla absoluta, pero sí predomina suficientemente para impulsarnos a buscar su explicación en un factor de alcance universal. En términos generales, diríamos pues, que sucede como si desde edad muy temprana surgiese una preferencia sexual; esto es, como si el niño viese en el padre y la niña en la madre rivales de su amor, cuya desaparición no pudiese serles sino ventajosa […]

Habremos de suponer que el deseo de la muerte de los padres se deriva también de la más temprana infancia. De este modo, el inmediato ascendente del sexo igual al del hijo se convierte para este en un inoportuno rival, y ya hemos visto, cuán poco se necesita para que este sentimiento conduzca al deseo de muerte. La atracción sexual actúa también, generalmente, sobre los propios padres, haciendo que por un rasgo natural prefiera y proteja la madre a los varones, mientras que el padre dedica mayor ternura a sus hijas, conduciéndose en cambio, ambos con igual severidad en la educación de sus descendientes cuando el mágico poder del sexo no perturba su juicio. Los niños se dan perfecta cuenta de tales preferencias y se rebelan contra aquel de sus inmediatos ascendentes que los trata con mayor rigor. Para ellos, el amor de los adultos no es sólo la satisfacción de una especial necesidad, sino también una garantía de que su voluntad será respetada en otros órdenes diferentes. De este modo siguen su propio instinto sexual y renuevan al mismo tiempo con ello el estímulo que parte de los padres cuando su elección coincide con la de ellos […]

Cuando el niño es acogido durante la ausencia del padre en el lecho matrimonial y duerme al lado de su madre hasta que, al regreso de su progenitor, vuelve a la alcoba, al lado de otra persona que le gusta menos, surge en él fácilmente el deseo de que el padre se halle siempre ausente para poder conservar sin interrupción su puesto junto a su querida mamá bonita, y el medio de conseguir tal deseo es, naturalmente, que el padre muera, pues sabe por experiencia que los muertos se hallan siempre ausentes y no vuelven jamás”

                                                 La interpretación de los sueños, segunda parte, cap. VI.
                                                 Ejemplo f: “Sueño de la muerte de personas queridas”.


Nuestro amigo Freud nunca llegó a plantear el asunto de la forma que yo a continuación les voy a proponer. Pero imaginemos que, en cierto momento, el padre desaparece de la vida del niño por el motivo que fuese. Según lo explicado anteriormente, habría desaparecido su competidor nato y tendría vía libre al cumplimiento de los deseos sexuales más íntimos con su propia madre. Este efecto se vería incrementado en el caso de que la soledad de la madre y el afecto único hacia su propio hijo perduren en el tiempo. No obstante, si esto sucediera, es lógico que su progenitora adoptara un papel más dominante y represivo sobre su hijo, haciendo los papeles del desaparecido padre. En caso contrario, el niño se descontrolaría por completo, lo que no invertiría en favor de su educación. Por este motivo, este tipo de niños sufrirán un desafecto hacia la madre y, a veces, por extensión hacia el género femenino. Conlleva, por tanto, una expresión evidente de la atracción a su mismo sexo que formaría parte de su naturaleza bisexual.

Imaginemos ahora que la ausente es la madre. El niño, que tenía deseos íntimos con ella notará su ausencia en un modo exagerado y tendrá dificultades con el padre, especialmente si este hace valer su carácter represor sobre el pequeño. En este caso, no sólo añorará a su madre, sino a todo tipo de figura femenina. Tendremos un auténtico ser impulsivo desde el punto de vista heterosexual, con sus deseos bisexuales fuertemente denigrados.

Ahora expliquemos esto mismo pero tomando como modelo una chica. Con la madre ausente, tendrá vía libre para sacudir sus instintos sexuales hacia su padre, que se queda solo. Sin embargo, el padre comenzará, lógicamente una escalada de autoridad para evitar el descontrol de su hija, por lo que esta acabará sintiendo cierto odio hacia su padre y hacia todo lo masculino, desarrollando el segmento homosexual dentro del amplio espectro de la bisexualidad. De igual manera, según la lógica desarrollada hasta ahora, si a una chica le desaparece su padre, notará de tal manera su ausencia que esto se traducirá en la adolescencia en un camino de loco desenfreno y atracción desbordada hacia el sexo contrario.

Pensemos una situación ahora totalmente distinta a las cuatro variables evidentes que nos ofrecen las parejas heterosexuales. ¿Qué sucedería si un chico o chica pierde a uno de sus progenitores homosexuales? Aquí el asunto sería muy diferente, en la medida en que, en la ausencia de uno de ellos, el otro sería algo así como su sustituto natural. En este tipo de parejas la situación de deseo sexual estaría mucho más equilibrada y no causaría efectos tan evidentes. 

jueves, 5 de mayo de 2011

Análisis de lo transcendente a los sentidos

            Podriamos debatir sobre innumerables cuestiones, podríamos preguntarnos sobre miles de temas; tantos, que nunca lograríamos abarcar la historia del pensamiento filosófico. Sin embargo, parece existir un asunto más interesante en nuestro ser que cualquier otro y son las preguntas sobre nuestro origen: por qué estamos aquí y algunos otros asuntos que podemos derivar de ahí y que a mi, personalmente, me fascinan.


            Estamos sumergidos de lleno en un mundo de apariencias, donde todo lo que nos rodea nos parece real, pero tenemos un mente que, aún así, nos hace preguntarnos si realmente todo eso a lo que nos atrevemos a llamar realidad circundante tiene algún sentido, es decir, si eso es lo que parece ser.


            En estos momentos estoy tranquilo, sentado y escribiendo, dejando volar mi pluma y divagar mis pensamientos. Nuestro amigo René diría ya en su época que, al pensar estoy existiendo o que al menos mi mente existe. Imaginemos por un preciso instante que esto es así; démosle la razón a este filósofo momentáneamente: sí, de acuerdo, yo existo, pero, ¿todo lo que tengo a mi alrededor existe también? ¿O es una simple ilusión óptica, una mala jugada que nos hacen nuestros sentidos? Yo sólo puedo tener por repuesta inequívoca la ausencia de esta y sólo podría deducir que todo ser, en teoría pensante existe, porque él mismo también creerá en su propia existencia igual que mi propio ser.


            Sin embargo, creo necesario ir más atrás, pues ¿por qué el simple hecho de creer que existimos hace lícita nuestra existencia? O podríamos relegar el asunto hacia caminos más oscuros cuestionándonos en sí el significado, la esencia misma de la idea de existencia. Existir es ser, luego, ¿soy algo? Si introducimos la vitalidad del factor tiempo en este problema, todavía lo complicariamos más: ¿he sido o seré algo?


            No puedo responder a esa cuestión tampoco. Por experiencia sé que todos los humanos acabamos muriendo pero yo no he llegado a tal proceso imponente, por su enorme desconocimiento, como resulta en principio evidente. Entonces, ¿cómo puedo definir la muerte? Sólo soy capaz de afirmar con rotundidad que es algo de los demás, externo a mi ser, por no haberla vivido, por carecer de su experiencia.


            No obstante, si yo ahora quisiera podría morir; todos estamos siempre muy cercanos a la muerte. Bastaría con subirme a una tercera planta de cualquier edificio y arrojarme por la ventana. ¿Qué sucedería entonces? La experiencia, de nuevo, es decir, lo que otros seres han experimentado en su ser nos dice o, mejor dicho, le dice a mi mente que acabaría muerto, lo cual tiene socialmente hablando una connotación claramente negativa. Pasaría, de este modo, a otro estado de experiencia y está claro que no queremos morir por el miedo que todos tenemos a lo que en sí desconocemos. Cualquier cosa que aún no hemos experimentado nos causa un profundo temor y parece que hemos de superar una gran barrera psicológica para combartirlo, para derribarlo. Pero, ¿es simplemente una barrera psicológica o más bien un muro social el que hemos de sobrepasar?


            Los espectros de seres que creemos se parecen a nosotros en lo que quedamos en denominar vida nos hacen tener miedo, hacen que queramos quedarnos en la falsa y fácil seguridad que la vida nos proporciona. Puesto que durante todas estas reflexiones voy a defender la perversión que suponen las sociedades en todos nosotros, los efectos que nos producen y de qué modo nos perjudican, parece evidente según esta postura que la muerte debe ser algo mejor que la vida, ya que la sociedad intenta evitar por todos los medios posibles la pérdida de la cultura y, por tanto, de la vida en sí de sus miembros; una sociedad que siempre es tendenciosa hacia lo maligno.


            Entonces, en la muerte, ¿carecemos de sociedad que nos imponga lo que debemos hacer y que nos coarte la libertad? Incluso, yendo más allá: ¿somos libres ya en la muerte para volver a la vida si así lo deseamos? Parece que sí pero, ¿quién va a querer dejar un ambiente de extrema libertad para cambiarlo por otro bien diferente, supeditado a los usos y costumbres sociales? Nadie. Es por este motivo por el que los muertos no vuelven nunca más a la vida: simplemente no lo desean, puesto que una vez que se liberan de las pesadas sogas culturales y son libres, no es complaciente volver al estado primitivo de sometimiento común.


            De esta manera, el ciclo biológico comenzaría como nos enseñan las ciencias a partir de un ser en su estado vivo y podría no terminar nunca. Por lo que parece, esto depende en exclusiva del propio individuo, de modo que, si el ser muerto y, por tanto, libre de las ataduras culturales y con la consiguiente capacidad de decisión, puede obtar entre volver a la vida (algo que como ya hemos visto no ocurrirá, pues el ser X no querrá verse de nuevo sometido) o seguir en el estado propio de la muerte.


            Según esto, parecería imposible que el resto de seres en su estado vivo conocieran la decisión parcial (recordemos que podría cambiar de opinión) del ser muerto y, aún menos, la total, pues la comunicación vida-muerte es nula debido a la barrera socio-cultural que existe: un muro que, a modo de cortina o tapia de gran grosor, no nos deja ver, conocer más allá, indagar sobre lo que deseamos saber.


            Muchos individuos pasan de la vida a la muerte sin mediaciones, sin pasos intermedios, es decir, de forma más bien directa, pero sabemos que esta circunstancia no es siempre universal.


            Muchos otros seres que pasan al estado de supraser recorren, sin duda, fases intermedias que les llevan a un camino o a otro. Llamemos a esta etapa en la que el humano no es ni ser ni supraser estadio intermedio o, si quisiéramos tener una imagen más gráfica del fenómeno, habitación de pasos múltiples. Y, la llamaré así porque el tiempo que podemos estar en ella es casi tan largo como el que podríamos permanecer en el recinto conocido como estado vivo y, puesto que el ritmo espacial del individuo será el mismo, independientemente del lugar en que se encuentre, hemos de concluir que este espacio se expande y se acorta, dependiendo del tiempo que se desee permanecer allí.


            Ya hemos enunciado los tres momentos que existen en la trayectoria de un invividuo: la vida, o estado de infraser, en la que el humano, se encuentra desde un principio sin la libertad, que le arrebata la cultura, con la simple escusa de la imposibilidad de convivir en ese estado primario de modo común. Luego, llegaremos al opcional estadio intermedio y, por último, al estado de supraser, cuando ya estemos liberados de la presión social, libres para llevar a cabo las acciones que más nos complazcan, libres incluso para volver a la vida si así lo deseamos, al menos, en modo potencial. Pero, nos hemos de preguntar, ¿qué sucede en el estadio intermedio? ¿Somos libres o seguimos vinculados a la cultura? ¿Tenemos allí la posibilidad real transformarnos en infraseres o supraseres a nuestro antojo?


            En primer lugar, como lugar intermedio y opcional que es, a todo aquel individuo que esté allí lo denominaré ser en sí, pues en ningún otro momento ni lugar un ser será más ser que allí. Me parece evidente que, en este estadio intermedio, este ser en sí también estará en un posición cultural intermedia. El infraser va a estar sometido a la cultura, el supraser no lo estará, pero ¿cuál será la naturaleza verdadera del ser en sí?


            Yo diría que es un paso entre el desnudo cultural en que el individuo se encontrará en la muerte y las ataduras, las vestiduras con las que se encontraba en la vida. Será, simplemente como el hecho de quitarse la ropa. De esta manera, podemos encontrar gente que ese proceso lo realice de forma más rápida, como sería el caso de una muerte repentina (comas, largas enfermedades en las que se acabe por perder el conocimiento por completo): se liberará de sus ataduras a toda velocidad, de todo aquello que le ate a la cultura determinada a la que hubiese pertenecido.


            Este individuo se va a ir desnudando de la cultura, poco a poco, paso a paso, lo hará de forma progresiva hacia la liberación de toda esa cultura que lo somete, hasta pasar a la muerte. Puede suceder que, en un determinado momento, sienta miedo, temor; hay algunos ejemplos, como ya sabemos, de personas que han estado muy cercanas a la muerte, sin haber llegado definitivamente al estado de supraser, que han vuelto al estado de infraser: es simplemente cuestión de miedo, temor de liberarse de la cultura que les ahoga, que les somete, de las costumbres sociales, gracias a las cuales se supone que todos nosotros podemos convivir, formando sociedades, estructuras poblacionales complejas.


            Por tanto, este estadio intermedio en el que el ser pasa a ser un ser en sí, la libertad es completa, sí, pero los despojos de la cultura todavía recaen sobre el ser en sí. El ser es libre en ese momento para volver a ser un infraser o avanzar hacia el supraser; entre tener miedo y volver a somerterse a la cultura o ser valiente y conseguir la libertad suprema. De este modo, es libre, pero todavía se le notan influencias culturales evidentes, que le podría llevar a querer someterse de nuevo a la cultura, es decir, a ser infraser.


            Luego, en este enorme ciclo vital, tendriamos el estado de supraser. Ya hemos dicho que, en ese momento el supraser tendrá absoluta libertad; se habrá despojado de todos los elementos culturales que le ahogaban. Pero, visto que en nuestras mentes no existe de forma demasiado definida la noción de infinito, difícil de imaginar incluso más allá de lo puramente matemático. Parece evidente a todas nuestras estructuras neuronales que el proceso debe ser cíclico, de modo que todo lo que se recorra hacia delante, será camino que, sin pretenderlo, se camina hacia atrás. Dicho de otra manera, el proceso será repetitivo, no podemos ser para siempre supraseres, sino que volveremos a convertirnos en infraseres antes o después, sin ello suponer una disminución de la libertad que tenemos en la muerte, es simplemente necesario someternos de nuevo a una vida social.


            No parece que tengamos claro cómo funciona este proceso cíclico, pero si me parece evidente que cuando alguien nace, no será capaz de recordar nada de todo lo acontecido con anterioridad: su mente va a ser totalmente diferente, no va a quedar ni atisbo de lo que sucediera en las etapas de infraser, ser en sí (opcional) y supraser; se van a renovar sus recuerdos.


            Llegará el momento en que se verá casi obligado por la propia inercia a introducirse en un nuevo armario de renacimiento, llamémoslo así, un recinto simple entre dos planos paralelos, al que todos tendemos, similar al que se presuponía en el estadio intermedio, donde habitaba el ser en sí, paso transitorio (que no obligado, ni mucho menos necesario) entre la vida y la muerte.


            En este punto, en el que se pasa, se retorna al sometimiento del individuo por parte de la cultura, nos podemos cuestionar, ¿este círculo está cerrado, sin huecos, lugares en los que los seres en general, en cualquiera de los estados en que se encuentren puedan escaparse, huir, hacia otros lugares menos definidos? Siempre me resultaron curiosos los procesos mentales que tienen lugar en cada uno de nuestros sueños, momentos de evasión de todas las sogas socio-culturales a las que podamos estar sometidos como infraseres. Según lo ya explicado, me resulta bastante evidente la imposibilidad de soñar como supraseres, pues ellos no tienen nada de lo que huir, ya son libres por completo. Definiría yo los sueños como simples libraciones de nuestro infraser de los procesos culturales a través de huecos que deja toda la estructura de la realidad en el instante vital de los individuos. Por eso, necesitamos soñar, el infraser mantiene constatemente una presión que se va acumulando minuto a minuto y que se libera sólo durante el momento en que sueña. Es una característica puramente biológica que nos limita: sólo hay que observar la incapacidad que tenemos para soportar el sueño, puediendo estar días sin comer o sin beber, pero nunca sin soñar; de hecho, es esta la forma de maltrato en vida más cruel que puede existir.


            Todo esto nos limita, incluso en el conocimiento de la realidad que nos rodea; limitamos nuestras capacidades de conocer, de expresarnos, de debatir, de relacionarnos, de reproducirnos, incluso, o de sentir placer, por el simple hecho de soñar, por la simple necesidad que tenemos de evadir nuestro infraser de una cultura que nos transforma, que nos somete, según una costumbres sociales perversas al máximo.


            Cuando nos convertirmos en seres en sí y nos vamos liberando de los despojos de la sociedad, ya los sueños van disminuyendo cada vez más en intensidad hasta desaparecer: señal inequívoca de que la muerte se va abriendo paso. El supraser no necesita en absoluto el sueño, al no tener cultura, no hay nada de lo que un supraser de pueda o deba evadir.


            Sin embargo, cuando se repite el ciclo y accedemos de nuevo al llamado armario de transición que nos va a comenzar a someter a la cultura nuevamente, es cuando más necesitaremos soñar, cuando más se hará necesaria la evasión. El bebé necesita escapar del mundo que le rodea, pues hace poco ha permanecido en un estado de libertad absoluta, como supraser. Es ese claramente el motivo por el que los niños recién nacidos duermen tantísimas horas de forma sistemática: sólo intentan evadirse de la cultura, aunque también, sobre todo en las primeras semanas tienen lugar procesos relacionados con el olvido de lo acontecido en sus etapas anteriores, como supraseres y del paso progresivo por el armario de transición. Conforme van pasando los años, dormirán menos cada vez, es decir, irán sintiéndose cada vez más cómodos con la cultura o, al menos, intentarán convivir con ella, pues no encontrarán ninguna otra solución y, entorno a los diez u once años ya no la cuestionarán, aunque en su yo más profundo nunca llegarán a compartirla del todo.


            Resulta curiosa aquí también la figura de las religiones o de los dioses, si así queremos denominarlos, en todo este proceso que hemos descrito. Primero, mediante representaciones puramente mitológicas; más tarde, con una nueva vitalidad con la aparición de las nuevas religiones occidentales monoteístas, que pronto se convirtieron en una manera más de defender posiciones culturales, transacciones económicas o, aún más, de justificar la propia guerra de los infraseres, mediante las más cruentas batallas conocidas como cruzadas y conseguir llevar a muchos de ellos así al mundo de los supraseres. Pero también han contribuido las religiones a someter a las personas, usando el miedo que tenían estos infraseres a cambiar de estado, para amargar sus cortas vidas con innovaciones sociales crueles y poco propias de humanos.


            Sin embargo, observado desde otra perspectiva, nos debemos plantear la existencia de Dios en cada una de las etapas que hemos enunciado ya: planteemos la necesidad de un ser superior, es decir, la existencia de un supraser en el mundo de los infraseres. La respuesta racional es bien clara, pues las barreras infraser-supraser parecen bien definidas y es irreal que cualquier tipo de ser libre y, no hemos de olvidar que muerto, pase a nuestro mundo. De hecho, nuestros dioses no son más que representaciones mentales individuales creada por el propio infraser, por la presión de la cultura. Hemos de hacer en este punto dos consideraciones importantes para la compresión de este apartado: Dios existe para aquellos individuos que creen en él porque, en primer lugar el infraser tiene miedo del mundo donde vive y, como vimos que pasaba con los sueños, se busca un liberación de la cultura. Pero, en cambio, podemos encontrar algunas diferencias sustanciales entre Dios y la ensoñación, pues cuando soñamos todo nuestro infraser es el que intenta salir de la cultura; en cambio, cuando nos referimos a Dios es sólo la mente la que se intenta escapar, una mínima (aunque importante) parte de nuestro infraser completo. Además, el papel que cumple la cultura en los dos procesos es muy diferente: en el sueño, intentamos huir de esa sociedad, pero ella no nos ayudará; en el caso de los dioses y las religiones de todo el mundo, la mente, al pretender salir del infraser y crear la figura de Dios, es ayudada por los propios elementos socio-culturales, es algo similar al amigo que nos incita repetidamente a hacer una mala acción (aunque no debemos entrar en valoraciones éticas del proceso al describirlo).


            En los otros estadios, donde habiten los seres en sí o los supraseres, no tendrá ningún sentido la existencia de Dios o, visto desde otro modo, al ser todos como dioses o en proceso de serlo, los dioses no destacarían nada y, por tanto, no existirían, simplemente por la pura definición de ser superior, por la connotación lingüística que poseen. Además, observando el asunto desde otra perspectiva, y teniendo en cuenta que Dios es una creación de las mentes de los infraseres, reforzado por la cultura, vemos con claridad el poco sentido que cobra este no-ser para el resto de estadios, en los que ni siquiera existen esos dos elementos: la cultura y los infraseres.

sábado, 16 de abril de 2011


Introducción.

            La represión de la sociedad en que vivimos es demasiado grande. Si los filósofos conseguimos abrirnos a la realidad y a los deseos, si llegamos al objetivo de la felicidad individual, será un logro del que nosotros no disfrutaremos: estará ahí para el gozo de los demás, pero no tendré esperanzas de que se convierta en algo universal.

            Imaginemos un mundo en el que todos nos dejásemos llevar por los más profundos de nuestros deseos. ¿Cómo sería? ¿Seríamos capaces de soportarlo? Sin culturizar, ¿somos buenos o malos? Todas estas preguntas deberían tener una respuesta, pero en principio podríamos afirmar que, teniendo miles a lo largo de toda la historia de la filosofía, es maravilloso que no se haya concluido en nada cierto del todo. Este es el malestar en la cultura del que el maestro Sigmund Freud ya habló hace algunas décadas, una influencia que nos llena por dentro.

            Todo es un círculo vicioso del que parece no saldremos jamás: la sociedad nos reprime y nosotros nos autocontrolamos por culpa de esta cultura maligna que nos envuelve, que se extiende por nosotros a modo de un gran tumor cancerígeno. Pero, en presencia de la libertad que nos brindaría la ausencia de esta sociedad, ¿cómo podemos nosotros decidir, conforme a nuestra propia voluntad salir de lo impuesto por la cultura, romper con todo lo social y dejarnos llevar? Parece imposible, pues se necesataria que todos los individuos decidieran ellos mismos y al mismo tiempo liberarse de la gran soga que les asfixia, de las vendas que les cubren los ojos, cegándolos, hasta matarlos vivos.

            ¿Vivimos en esta realidad por algún fin o simplemente es necesario estar donde estamos? ¿Sabemos dónde estamos? Puede que no sepamos nada, que estemos solos, que seamos mentes andantes (o estáticas, ¿por qué no?) en medio de una realidad hueca, sin sentido aparente, desfigurada y triste.